Como se sabe, tras su fusilamiento, a Ernesto “Che” Guevara le cortaron las manos para que pudiera demostrarse su identidad, por si se dudaba de la fotografía en que aparecía el modo en que quedó el cadáver.
No le cortaron la cabeza por lo engorroso que resultaría trasladarla, en una maleta, por esos caminos y aeropuertos. Ni se conformaron con cortarle un dedo, para demostrar sus huellas digitales en Argentina. Fueron las dos manos, que guardaron en formol, unas manos que tuvieron una odisea hasta que, finalmente, reposaron en un lugar secreto de Cuba.
“El insólito viaje de las manos del Che
‘Traigo las manos del Che en la maleta. ¿Las quiere ver?’. Sándor Varga, funcionario del departamento de América Latina en el Ministerio húngaro de Exteriores, intentó disimular su desconcierto. Aquel frío 30 de diciembre de 1969 había recibido la orden de recoger en el aeropuerto de Budapest a un miembro del Partido Comunista Boliviano (PCB), “un tal Juan Coronel, que venía en misión especial, camino a Moscú”. Varga preguntó a su jefe si tenía que revisar el contenido de la maleta. La respuesta fue un no lacónico. Coronel era parte de un intrincado plan para hacer llegar a La Habana las manos del Che. El Ejército boliviano se las había amputado después de su ejecución, dos años antes, para tener una prueba de su identidad. Después, las manos habían ido a parar al dormitorio del ministro del Interior de Bolivia, Antonio Arguedas, que las había escondido debajo de su cama, en un bote con formol, dentro una urna de madera, “con terciopelo rojo y un acabado muy elegante”, según su propia descripción.
El País“.







































Unas fotos espantosas donde las haya.