
“La Cuba profunda se despereza. El campo espera una reforma del Gobierno de Raúl Castro para salir de la ruina. La vieja carretera central que cruza Cuba está cargada de consignas revolucionarias y nombres de patriotas muertos, pero fuera de las vallas de propaganda apenas se ve tráfico de camiones, ni campesinos sembrando la tierra. En el camino hacia oriente gran parte de las fincas del Estado están infestadas de marabú; debido al abandono del campo cubano, este arbusto fiero y espinoso se ha convertido en una plaga que inutiliza cientos de miles de hectáreas buenas para la ganadería y la agricultura, un lujo demasiado caro en un país que importa el 84% de los alimentos que consume. Estos días, brigadas de trabajadores armados con machetes chapean espesos bosques de marabú en los arcenes, pero su profusión es tal que no se ve horizonte para acabar con el azote. De igual modo, suenan desproporcionadas las exhortaciones a incrementar “la productividad y la eficiencia” que asaltan al viajero desde numerosas pancartas en la carretera. “Los ganaderos no fallaremos”, dice una pintada cerca de la ciudad de Sancti Spíritus. Unos kilómetros más allá, el restaurante El Vaquero vende platos elaborados a base de carne de búfalo. Los baños del establecimiento no funcionan. Agua hay, pero desde hace meses la empresa que ha de reparar el sistema de fontanería no acaba de hacerlo, y cada vez que un cliente utiliza el inodoro detrás va una empleada con un cubo para descargar la cisterna. Rodar por los 740 kilómetros que separan La Habana de Holguín es un buen ejercicio para tomar el pulso al país. También para calibrar la magnitud del reto a que se enfrenta el nuevo Gobierno de Raúl Castro, abocado al cambio después de medio siglo de revolución. En los 90 días que lleva de presidente, el hermano menor de Fidel Castro ha eliminado algunas prohibiciones hirientes, como las que impedían a los cubanos acceder a los hoteles, adquirir computadoras o teléfonos móviles. Además, y más relevante, Raúl Castro ha levantando el veto ideológico al enriquecimiento que es fruto del trabajo esforzado y honesto, una herejía hasta hace poco, y ha iniciado una reforma agrícola de corte descentralizador. Incrementar la producción de alimentos es hoy asunto de seguridad nacional. Otras transformaciones se avecinan. A sus 76 años, de los que ha actuado 49 como número dos de Cuba, Raúl se ha establecido como metas prioritarias elevar el nivel de vida de la población y traspasar un modelo de socialismo viable a sus herederos, y eso, admiten algunos de sus seguidores, sólo es posible con una revolución dentro de la revolución, no con parches. Cae la tarde en las fértiles llanuras de Ciego de Ávila y un grupo de jornaleros trabaja a destajo. “Veinticinco pesos por cordel limpio de marabú”, dice Onelio Rodríguez, uno de los campesinos. Calcula a ojo: un cordel son aproximadamente 400 metros cuadrados de tierra y 25 pesos no llegan a un euro; un hombre puede hacer dos cordeles diarios, no mucho más, pero eso no es “lo peor”, dice. “Uno desbroza un campo entero y si después la empresa no mete los tractores y echa herbicida, entonces no se ha hecho nada. Mírelo allá retoñando”. El destino de este viaje es Gibara, una hermosa villa colonial de 16.000 habitantes en la costa norte de Holguín. El cerro en forma de silla que corona esta villa fue el primer lugar de la isla que avistó Cristóbal Colón el 27 de octubre de 1492, pero Gibara es hoy famosa por otro motivo: desde hace seis años, cada primavera se celebra aquí el Festival del Cine Pobre, todo un símbolo del nuevo país que empuja por abrirse paso.
El País“.
