Una de machismo
Lunes, Julio 7th, 2008El machismo en la Nasa.

“El primer hombre en la Luna pudo ser una mujer. Se llamaba Jerrie Cobb y cumplía todos los requisitos para las duras condiciones de la misión espacial. Pero el machismo de la época no podía permitir que la primera pisada en la Luna fuera de una mujer. La discrimación llegaba al espacio. Hasta 1983, la NASA no rectificó. Hace unas semanas, Hillary Clinton, en el discurso que marcaba el final de su campaña política, a la hora de valorar el terreno que durante décadas han ido ganando las mujeres en su país utilizó a las astronautas como ejemplo: “Mientras estamos aquí hablando, la mujer número 50 en abandonar la Tierra orbita sobre nuestras cabezas”. En ese vistoso empeño que ha hecho Estados Unidos por conquistar el espacio, las mujeres, a pesar de la tumultuosa cincuentena esgrimida por Clinton, han desempeñado un papel especialmente infeliz. En 1958, cuando la NASA inauguró la carrera espacial, el sexo de los astronautas era determinante, y, de no haber sido así, es muy probable que el primer hombre en la Luna hubiera sido mujer. El 22 de diciembre de aquel mismo año inaugural apareció en todos los periódicos del país una convocatoria para candidatos a astronauta; se ofrecía un salario anual que oscilaba, según las aptitudes del aspirante, entre 8.330 y 12.770 dólares de la época, y en el inciso III, unas líneas por debajo del salario, decía con todas sus letras: “Los aspirantes deben ser hombres de entre 25 y 40 años”. También se especificaba, un poco más abajo, que para ganarse uno de los siete puestos que se ofrecían era necesario resistir una batería de 75 pruebas físicas, de dureza extrema, y otras tantas de espectro psicológico. Aunque la convocatoria excluía, de forma rotunda, a cualquier mujer que pudiera optar por el novísimo trabajo de astronauta, el director del área científica de la NASA, William Randolph Lovelace, hizo algunas excepciones: 14, para ser precisos. Aquel programa primigenio, que años después se encadenaría con el Gemini y con el Apollo que finalmente llegó a la Luna, se llamaba Mercury, y tenía entre sus objetivos observar el comportamiento del organismo humano en el espacio exterior y, sobre todo, convertirse en líder de la carrera espacial, porque un año antes la Unión Soviética, de forma sorpresiva y altanera, se había colocado a la cabeza con el lanzamiento del Sputnik II, una sólida nave de diseño rudo que llevaba en su interior una perra siberian husky de nombre Laika; el animal había viajado con el cuerpo sembrado de electrodos, iba con la encomienda de probar de qué forma se desenvolvía un mamífero en el espacio exterior, y de paso también la de celebrar, con su hazaña eminentemente involuntaria, el 40º aniversario de la Revolución de Octubre. Los primeros informes, de manufactura desde luego soviética, decían que Laika había sobrevivido una semana a bordo del Sputnik II y que después había muerto en paz y sin experimentar dolor alguno. Pero otro informe más reciente, desclasificado en 2002 y también de manufactura soviética, dice que Laika murió de pánico y sobrecalentamiento unos minutos después del despegue. Como los dos informes provienen de la misma fuente, no queda más que acogerse a la evidencia final, donde cabe cualquier cosa que quiera decirse sobre el destino de Laika: cinco meses después de su lanzamiento, el Sputnik II, con la perra no se sabe si viva o muerta, pero en su interior, se desintegró cuando sobrevolaba Barbados.
El País“.









