Afganistán
Martes, Julio 8th, 2008Afganistán y el burka infantil.

“AFGANISTÁN. Las niñas de mis ojos. Algunas apenas han cumplido los cinco años, pero en sus miradas hay ya la dignidad de un adulto. Y mucho más. Hay mudo reproche, dolorido asombro. Como si supieran que se les acabael tiempo de mirar al mundo cara a cara. Álvaro Ybarra Zavala ha retratado a las más olvidadas víctimas de la crueldad humana, poco antes de que el burka las oculte de por vida. La diputada Rosa Díez ha puesto palabras a su silencioso drama. No es tarea fácil poner palabras a unas imágenes como éstas. La mayor dificultad no estriba en la innegable belleza del documento fotográfico o en su altísima calidad artística; lo difícil para mí es añadir algo no dicho ya por esas miradas solemnes y tristes, repetidas en cada fotograma. Cuando están posando para el fotógrafo con sus mejores galas, las niñas saben que se acaba el tiempo en que sus ojos estarán a la vista de todos. Y miran sin esconderse, sin pudor, sin miedo. Miran de frente, fijamente, como si se les escapara el tiempo. Capturan con sus ojos los ojos del otro, en una especie de reto que no podrán repetir muchas veces más. Quizá el fotógrafo no pensaba en lo que nosotros perderemos cuando esas miradas claras y libres sean tapadas por la tela opresora. Quizá pensó sólo en denunciar lo que les pasará a esas niñas cuando cumplan los catorce años. Quizá quería mostrarnos lo que ya no podremos ver cuando el velo caiga sobre ellas. Supongo que esas niñas ríen abiertamente cuando juegan entre ellas, cuando no tienen que tapar su pelo ante un extraño. Cubrir el pelo es el primer paso para privarlas de su plena personalidad. La más pequeña deja ver su cabello revuelto y claro cuando nos mira seria, como si fuera consciente de estar haciendo algo irrepetible. La han vestido con su traje más colorido y le han colocado abalorios de cuentas alrededor del cuello; ella acompaña el vestido de domingo con un gesto que parece incompatible con su edad. Apenas ha dejado de ser un bebé; pero posa con la dignidad propia de un adulto. Hay un detalle que nos recuerda el inevitable contexto en el que se realiza el reportaje: un pie descansa descalzo sobre el hollín del suelo. Eso –también–marca la diferencia con cualquier posado de cualquiera de nuestros niños. No hay cerca una madre, una hermana, una abuela solícita que pida al fotógrafo que espere mientras arregla la composición. Parece todo tan cuidado que uno se pregunta por qué dejaron ese pie descalzo, contrastando con la ropa y el collar buscados ex profeso para la fotografía del hombre extranjero que llegó de lejos. ¿Será que no había otra sandalia? ¿O será que es tan normal que nadie se molesta en ocultarlo? A la niña tampoco parece importarle ese detalle; al fin y al cabo andar descalza parece ser lo cotidiano… La miro y recuerdo a mis hijos cuando eran pequeños. Tiene los puñitos cerrados. Dicen que los niños cierran los puños cuando duermen para sentirse más seguros. Quizá en ella sea un gesto instintivo, como de no saber qué hacer con las manos. O quizá, sin saberlo, cierra los puños para retrasar el momento en el que se le escapen los sueños. Luego está esa niña envuelta en una especie de sudario de algodón blanco. ¡Es tan guapa…! Y tiene una mirada tan triste… No se le ve ninguna otra ropa que el manto blanquecino que tapa su cuerpo y sus manos. Es como si ya hubiera empezado a desaparecer… ¡Y parece tan triste…! La niña envuelta en rosa quiso sonreír; se le nota claramente en la parte iluminada de su cara. Y las dos hermanas de rojo se apoyan mutuamente ante la cámara curiosa. La pequeña parece la más fuerte de las dos. ¿O tendrá que ver con el hecho de que aún no han empezado a mutilar su destino? ¿Será ésta una prueba evidente de que el velo produce un efecto de sometimiento desde el mismo momento en que las niñas empiezan a usarlo?









