La belicista Irán.

Irán amenaza con arrasar Tel Aviv si EE UU le ataca. Sectores pragmáticos del régimen recomiendan evitar las provocaciones. El presidente iraní, Mahmud Ahmadineyad, reiteró ayer en Kuala Lumpur su convicción de que Estados Unidos no está en condiciones de atacar su país. Sin embargo, los guardias revolucionarios o Pasdarán tienen preparada la réplica en caso de agresión. “Tel Aviv y la flota estadounidense en el golfo Pérsico serán los objetivos que arderán en llamas”, advirtió un representante del líder supremo ante ese ejército ideológico. Las declaraciones contradictorias de los dirigentes iraníes transmiten la sensación de un debate interno sobre cómo responder a Occidente en la cuestión nuclear. Esa indefinición queda expuesta en la carta con la que Irán respondió a la oferta que le hicieron los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de la ONU más Alemania (G-6) para que deje de enriquecer uranio. La ambigüedad de la misiva que firma el ministro de Exteriores, Manuchehr Mottaki, indica tanto un deseo explícito de negociar como implícito de no hacer concesiones. En realidad, ésa sigue siendo la postura oficial de Irán: tenemos derecho a enriquecer, y si la comunidad internacional no se fía del objetivo pacífico de nuestro programa, allá ellos. Las sanciones con las que progresivamente se está cercando al país y las amenazas, cada vez menos veladas, de un eventual ataque militar contra sus instalaciones atómicas, se desestiman como “propaganda y guerra psicológica” contra Irán. Sin embargo, y a pesar del estricto control mediático, empieza a transpirar que algunos dirigentes temen las consecuencias de su inflexibilidad. El viernes, en vísperas de la respuesta iraní al G-6, la advertencia de Alí Akbar Velayatí sobre que los “altos funcionarios deberían evitar los eslóganes ilógicos y provocativos”, se interpretó como una crítica al ultra Ahmadineyad. La proximidad del ex ministro al líder supremo, Alí Jamenei, de quien es consejero de política exterior, hizo pensar que parte de las élites gobernantes apoyan una política menos agresiva.






















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