En México y parte de Estados Unidos, con la pandemia de la gripe porcina, está ocurriendo lo mismo que en las películas catastróficas sobre virus demoledores. El protocolo internacional ya está activado.

“México se pone la mascarilla. La megalópolis vive embozada su primer día sin nuevas muertes por la gripe porcina. La ciudad se tapó la boca y siguió viviendo. Los habitantes del Distrito Federal, acostumbrados a lidiar con la contaminación, el tráfico infernal, la inseguridad ciudadana y hasta el peligro siempre latente de terremotos, añadieron a su larga lista de inconvenientes la amenaza de un nuevo tipo del virus de la gripe. Y lo hicieron con naturalidad, sin escenas de pánico ni de histeria, a lo que contribuyó el hecho de que hasta última hora de ayer (madrugada peninsular) no se supo que la cifra de fallecidos había ascendido a 81 desde que, el pasado jueves, se confirmara el brote. La ciudad de México no se hubiera reconocido ayer a sí misma delante de un espejo. Por las calles, medio vacías, deambulaban ciudadanos que en su mayoría se cubrían con las mascarillas azules que repartió el Ejército el día anterior o que pudieron adquirir, hasta que se agotaron, en farmacias o en improvisados puestos callejeros. Hasta que no se tengan más datos sobre una gripe que al parecer entró en México por la frontera de Estados Unidos, los ciudadanos sólo se pueden proteger de la amenaza invisible tapándose la boca, lavándose mucho las manos, evitando los besos y huyendo de las aglomeraciones. El que sepa o el que quiera también puede rezar. Porque -para evitar el riesgo de contagio- los museos están cerrados, los partidos de fútbol se disputarán sin público y los niños no podrán ir al colegio hasta nuevo aviso, pero los curas se han negado en redondo a no decir misa. Aunque más de 500 actos culturales y deportivos de la ciudad han sido suspendidos, las iglesias de la ciudad permanecerán abiertas y a pleno funcionamiento. Eso sí, el arzobispado ha aceptado que los fieles acudan con la nariz y la boca cubierta por mascarillas, y que no se estrechen las manos en el momento de darse la paz.







































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