A los cincuenta años de su muerte.

“Diego Rivera, que se dedicó obsesivamente a construir una epopeya nacional (y personal) y con el tiempo ha acabado ensombrecido por su mujer, Frida Kahlo. ‘Toda mi alegría es sentir brotar la vida de tu fuente – flor que la mía guarda para llenar todos los caminos de mis nervios que son los tuyos’. Y añade de inmediato: ‘Hojas. navajas. armarios. gorrión. Vendo todo en nada. no creo en la ilusión. Fumas un horror humo. Marx. la vida. el gran vacilón. nada tiene nombre. yo no miro formas. el papel amor. Guerras, greñas, jarras. garras. arañas sumidas. vidas en alcohol. niños son los días y hasta aquí acabó’. Como suele ocurrir con Frida, su retrato de Rivera es sobre todo un autorretrato, un resumen de su dolor y de la devoción casi incondicional que profesaba a su marido. Si nos olvidamos de interpretaciones psicoanalíticas, el fragmento ofrece una imagen compleja, pero no menos amorosa de ambos. La mayúscula en “Tus ojos”, que apunta a un Diego divino, y la sucesión de guerras, greñas y garras, así como la inclusión en este flujo de conciencia doméstico de la palabra “Marx”, completan la barroca definición de la pareja.
El lugar común establece que Frida, la “palomita” a la que se refirió su madre cuando le anunció su compromiso con el obeso pintor comunista, fue la eterna víctima del “elefante” Diego, un ser tan egoísta, atrabiliario e infiel –sobre todo infiel– que jamás mereció su apasionada compañía. Según la leyenda, los dos se conocieron cuando Frida, casi adolescente, interrumpió el trabajo del célebre pintor en la Secretaría de Educación Pública. Frida lo encontró en un andamio, y el omnipotente Rivera descendió a la tierra para juzgar sus primeros trazos. Aunque es casi seguro que la anécdota sea falsa –es más probable que se conocieran en casa de Tina Modotti–, revela el carácter mítico que los ha rodeado desde entonces.
A partir de ese día, y hasta la muerte de Frida, más de veinticinco años después, Rivera y Kahlo formaron una de las parejas más singulares y discutidas –así los calificaba la prensa– de su tiempo. Pero entonces nadie habría dudado: más allá de sus veleidades, Diego era el gran artista, mientras que Frida era su esposa, militante y pintora ocasional. Paradójicamente, el cuento usado por Rivera para conquistar a decenas de mujeres –la Bella y la Bestia– terminó por volverse contra él. A la justa reivindicación feminista se ha sumado la idea de un Rivera tiránico, máximo adalid del machismo mexicano, suerte de Rodin tropical cuya enormidad ocultó el genio de su cejijunta Camille. Pero, al menos para quienes defienden esta visión maniquea, la historia del elefante y la paloma tiene un final feliz: a 50 años de la muerte de Rivera, la celebridad de Frida opaca por completo a la de su esposo. Para miles de personas, Diego no es más que un actor secundario –el Alfred Molina de la película de Julie Taymor–, y no parece lejano el día en que las enciclopedias lo definan como “el esposo de Frida”.
El País“.