Espiando a mi vecina
Sábado, Diciembre 29th, 2007La novela erótica de Morfeo: Caliente
•
Las cosas que pasan en verano… No hacía ni media hora que acababa de marcharse mi novia. El salón se quedó tan vacío con su rápida marcha… Aunque mi novia sabe que los polvos apresurados me dejan con un deje de nostalgia y abatimiento durante horas, cuando las ganas le aprietan no puede evitar acercarse por mi casa y darme un buen repaso poco antes de emprender su jornada vespertina en Correos. Su casa y mi casa se encuentran a una pequeña manzana de distancia.
Como digo, las cosas que pasan en verano… No hacía ni media hora que acababa de echar un casquete con mi novia, cuando, a causa de los intrigantes caminos del azar, mi ventana me ofreció otra ventana, la ventana de mi vecina, la ventana del dormitorio de mi vecina. Estaba en pelota picada sobre su cama, boca arriba, relajada, hablando con su marido, que también se hallaba en pelota picada, a su lado, boca arriba. Como no podía ser de otra manera, me acordé de James Stewart, de la película La ventana indiscreta. Entonces busqué mi videocámara, la coloqué discretamente entre las cortinas de mi ventana y le di a la grabación automática. El polvo reciente no produjo en mí desgaste alguno. Lejos de verse engarabitada, mi chorra se empalmó ansiosa, violentamente frente al descuidado desnudo de mi vecina. Así que hube de sacármela por la rendija de la bragueta, para evitarle los ahogos de mi férreo pantalón. El respiro de mi polla alivió la respiración de mis pulmones. La pareja que tenía delante no follaba. Cuando pensaba que la pareja ya estaba servida, que la había descubierto tarde, la vecina se incorporó, se despatarró y se puso encima de su marido, que inmediatamente colocó sus manos en su nuca, a la bartola, como un sultán vago, acostumbrado a que le resuelvan el trabajo de campaña.
Mi vecina abierta de patas, agitándose, follando con la sartén por el mango. Jamás me la hubiera imaginado en esa postura. Qué cosas tienen las vecinas. Allí estaba dale que te pego, sin sospechar que los dientes de mi polla se dirigían a ella deseando obtener siquiera una pequeña tajada de su coño. Repentinamente se detuvo. Visto y no visto. Ni cuarenta y cinco segundos. El gatillazo del marido me dolió a mí. La vecina se echó a un lado. El marido se le escapó por la puerta, se perdió al pulsar el interruptor de la luz del comedor. Entonces mi vecina, triste, cargando un buen saco de resignación, cogió dos clínex de la caja que tenía en la mesita, se limpió la lefa del coño y tiró el gurruño al suelo. Salió un momento por la puerta, ofreciéndome su espalda suave, su culito travieso, y volvió al instante. Vi claramente la palidez de sus tetas bonitas, en contraste con el barniz estival de su piel. Hacía y deshacía con las musarañas de la habitación, y como un autómata se impregnó los sobacos de desodorante. Dándome nuevamente la espalda sublime, se puso unas bragas de color carne, se abrochó un sujetador de color carne, dejando en olvido su carne decaída.
En ese momento di por terminada la sesión. Apagué la videocámara y guardé mi arrugado y entristecido colgajo. Terminé deprimido, con la obviedad de los polvos apresurados, decepcionantes, rutinarios que padecemos hombres y mujeres. En aquella ocasión, mi vecina y yo los sufrimos casi de forma simultánea. Siempre quedará el transitorio bálsamo de la paja.












