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Posts Tagged ‘textos eróticos de Francisco Parrado’

Espiando a mi vecina

Sábado, Diciembre 29th, 2007

La novela erótica de Morfeo: Caliente

Las cosas que pasan en verano… No hacía ni media hora que acababa de marcharse mi novia. El salón se quedó tan vacío con su rápida marcha… Aunque mi novia sabe que los polvos apresurados me dejan con un deje de nostalgia y abatimiento durante horas, cuando las ganas le aprietan no puede evitar acercarse por mi casa y darme un buen repaso poco antes de emprender su jornada vespertina en Correos. Su casa y mi casa se encuentran a una pequeña manzana de distancia.

Como digo, las cosas que pasan en verano… No hacía ni media hora que acababa de echar un casquete con mi novia, cuando, a causa de los intrigantes caminos del azar, mi ventana me ofreció otra ventana, la ventana de mi vecina, la ventana del dormitorio de mi vecina. Estaba en pelota picada sobre su cama, boca arriba, relajada, hablando con su marido, que también se hallaba en pelota picada, a su lado, boca arriba. Como no podía ser de otra manera, me acordé de James Stewart, de la película La ventana indiscreta. Entonces busqué mi videocámara, la coloqué discretamente entre las cortinas de mi ventana y le di a la grabación automática. El polvo reciente no produjo en mí desgaste alguno. Lejos de verse engarabitada, mi chorra se empalmó ansiosa, violentamente frente al descuidado desnudo de mi vecina. Así que hube de sacármela por la rendija de la bragueta, para evitarle los ahogos de mi férreo pantalón. El respiro de mi polla alivió la respiración de mis pulmones. La pareja que tenía delante no follaba. Cuando pensaba que la pareja ya estaba servida, que la había descubierto tarde, la vecina se incorporó, se despatarró y se puso encima de su marido, que inmediatamente colocó sus manos en su nuca, a la bartola, como un sultán vago, acostumbrado a que le resuelvan el trabajo de campaña.

Mi vecina abierta de patas, agitándose, follando con la sartén por el mango. Jamás me la hubiera imaginado en esa postura. Qué cosas tienen las vecinas. Allí estaba dale que te pego, sin sospechar que los dientes de mi polla se dirigían a ella deseando obtener siquiera una pequeña tajada de su coño. Repentinamente se detuvo. Visto y no visto. Ni cuarenta y cinco segundos. El gatillazo del marido me dolió a mí. La vecina se echó a un lado. El marido se le escapó por la puerta, se perdió al pulsar el interruptor de la luz del comedor. Entonces mi vecina, triste, cargando un buen saco de resignación, cogió dos clínex de la caja que tenía en la mesita, se limpió la lefa del coño y tiró el gurruño al suelo. Salió un momento por la puerta, ofreciéndome su espalda suave, su culito travieso, y volvió al instante. Vi claramente la palidez de sus tetas bonitas, en contraste con el barniz estival de su piel. Hacía y deshacía con las musarañas de la habitación, y como un autómata se impregnó los sobacos de desodorante. Dándome nuevamente la espalda sublime, se puso unas bragas de color carne, se abrochó un sujetador de color carne, dejando en olvido su carne decaída.

En ese momento di por terminada la sesión. Apagué la videocámara y guardé mi arrugado y entristecido colgajo. Terminé deprimido, con la obviedad de los polvos apresurados, decepcionantes, rutinarios que padecemos hombres y mujeres. En aquella ocasión, mi vecina y yo los sufrimos casi de forma simultánea. Siempre quedará el transitorio bálsamo de la paja.

Un texto de Francisco Parrado
P.D. Gracias, Fermín.

Masoquismo

Viernes, Diciembre 14th, 2007

La novela erótica de Morfeo: Caliente

De repente era como si mi vida entera perteneciese a una película americana de los años 30, aquella etapa de estrechura económica que siguió al “crash” de Nueva York. Las calles, las personas se situaban en aquel tiempo y en aquel espacio. Escuché los encantados jadeos de una mujer y pensé que estaba llegando tarde.

—¡Toda la mano! ¡Entera! ¡Ahhh!

Había empezado todo. Pertenecía yo a la Asociación de Mujeres Masoquistas, en la que los hombres sólo teníamos un papel de comparsa, de mano ejecutora, de supeditación a las mandas de aquellas féminas de coño rabioso

Un texto, inicial, de Francisco Parrado.

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Una contorsión peligrosa

Viernes, Diciembre 7th, 2007

La novela erótica de Morfeo: Caliente

Querida Jodie:

Como aquí, en Nueva Jersey, las compañeras del puticlub saben que practiqué gimnasia rítmica durante mi infancia, Chris, mi madame, la de los ojos de búho, me propuso la filmación de un trailer en que un negro con una polla y unos huevos de caballo me la tendría que meter por las dos hendiduras saladas que las mujeres tenemos en las extremidades.

Un texto, inicial, de Francisco Parrado.

Sesión erótica de Messenger

Viernes, Noviembre 30th, 2007

La novela erótica de Morfeo: Caliente

En el chat del grupo Amigos de un foro encontrado al azar, conocí a la melosa Jennifer. De inmediato simpatizamos. Nos intercambiamos nuestras direcciones electrónicas para conectarnos, de manera individual e inmediata, a través del Messenger. Aunque no habíamos hablado de nada que se relacionara con el sexo, mientras la agregaba a mi lista del Messenger, el sexto sentido de mi polla no dejó de hablarme del desnudo de una chica poderosa, desinhibida.

Un texto, inicial, de Francisco Parrado.


www.tuporno.tv

Una negra de Los Ángeles

Viernes, Noviembre 23rd, 2007

La novela erótica de Morfeo: Caliente

De mi viaje a Los Ángeles, California, traigo uno de los recuerdos eróticos que permanecerá imborrable a lo largo de toda mi vida folladora. Bill, un amigo que trabajó en mi sección como becario, me invitó a su casa un fin de semana. Atrás dejé el rotativo donde diariamente quemaba mis pestañas, enmendándole la plana a la sintaxis y la ortografía de los que dicen llamarse escritores. Atrás quedaron las correcciones a toda prisa, las letras que siempre terminaban hirviendo en mi retina con la ebullición de un ejército de hormigas.

—¡Bill! ¡Negro! ¡Quiero ahora mismo un abrazo de este negro vacilón!

Un texto, inicial, de Francisco Parrado.

Fiesta nudista de disfraces

Sábado, Noviembre 17th, 2007

La novela erótica de Morfeo: Caliente

Tenía yo un cipote tan grande a los quince años de edad, que me obsesioné con pensar en la ley de la compensación. Pensaba en la ley de la compensación por la mañana. Pensaba en la ley de la compensación por la tarde. Pensaba en la ley de la compensación, sobre todo, por las noches. Aquellas noches siempre apabullantes, siempre con los testículos rebosantes de semen salvaje, siempre con un semen alterado que me pedía una urgente evacuación. Siempre. Siempre.

Un texto, inicial, de Francisco Parrado.

               

               

               

               

               

               

               

               

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