MORFEO EDITORIAL
Crítica
de Care Santos a El Paseo de los Caracoles. El Cultural, 27 de junio de
1999
Entre Cornellá y Sant Joan Despí, dos poblaciones de la periferia
de Barcelona, se extiende El Paseo de los Caracoles. Es un lugar poblado y
vital, pero también perfumado por la fragancia a cipreses que llega de los dos
cementerios que lo flanquean. Además, estamos en un largo y caluroso día de
verano, y va a haber un eclipse. En estas coordenadas espacio-temporales se
sitúa la primera novela de Antonio Gálvez Alcaide (Sant Joan Despí, 1963), quien
ya contaba en su haber con un édito libro de cuentos, Relatos del fuego sanguinario y
un candor,
antes de llegar con esta historia a la recta final del último premio Alba-Prensa
Canaria, razón por la cual Menchu Solís decidió publicarla.
Es interesante que el escenario escogido por el autor para su debut
en los relatos de largo aliento haya sido su propia ciudad. Una ciudad, por
ciento, de escasa o casi nula presencia literaria. He aquí el primer aliciente
de esta novela. Pero --como siempre sucede-- la descripción de un espacio
geográfico implica otras consideraciones mucho más profundas.
Al elegir hablar de Sant Joan Despí y de Cornellá, Gálvez está
eligiendo hablar de una determinada Cataluña: la de los emigrantes y su
descendencia. Con el diccionario de la Academia en la mano podríamos decir que
este es un verídico retrato de la Cataluña charnega, que sí ha conocido glorias
literarias. Y valga una sola, como ejemplo: El amante bilingüe, de Juan
Marsé.
Sin embargo, hay que ser muy ingenuo para no
entender que el Paseo de los Caracoles es, más que el escenario de esta
historia, el verdadero --tal vez el único-- protagonista de la misma. El autor
nos presenta a un numeroso ramillete de personajes, todos vecinos del paseo:
Pepín, Pachurra, Gemma, Federico, Angelines, Fernandín, Mercedes, María…
Y
nos habla de sus circunstancias: la drogadicción, el desengaño, la soledad, la
muerte. Es una foto de familia plagada de personajes grises que nos transmiten
sus grises experiencias. Sin embargo, uno de estos personajes empieza a
imponerse misteriosamente: el narrador. Un narrador intervencionista que, cuando
por fin se presenta, en el tercer capítulo, ya tiene al lector
intrigadísimo.
Y no hay para menos, ya que el
narrador --pronto lo sabremos-- es un muerto. Y el Paseo de los Caracoles, que a
ratos nos parecía La Colmena y a ratos --arrastrados por la interferencia
de lo mágico-- nos recordaba a Macondo, ya sólo nos evoca irresistiblemente a
Comala, el pueblo imaginario que Juan Rulfo pobló de muertos. A medida que
avanzamos en la narración, el autor nos demuestra que algo de eso había: los
muertos tienen en esta historia muchísima más importancia que los vivos, y serán
ellos los que al final del libro se impongan sobre el resto. “Los muertos que
ululan por el Paseo son de todos los tamaños y edades. Unos arrojan alegría;
otros, los más jóvenes, juegan a las carreras por las aceras vacías; otros hacen
malabarismos mientras flotan en el aire; otros se cuentan sus vidas y sus
muertes”, nos deja claro el autor en la página 185.
Por todo, el universo que nos presenta Gálvez es fascinante y
sobrecogedor. Más aún porque el paisajista ha tenido buen gusto para escoger los
colores de la paleta: la grisura de los protagonistas, la oscuridad del conjunto
--con la muerte siempre em primer término-- y los colorines de un narrador tan
jovial como muy pocos vivos.