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MORFEO EDITORIAL
Crítica de Eusebi Boyés a El Paseo de los Caracoles. Lateral, nº 59, noviembre de 1999
     Una colmena deudora de Cela y su variopinto catálogo de habitantes: ése es el marco de El Paseo de los Caracoles, opera prima de Antonio Gálvez Alcaide (Sant Joan Despí, Barcelona, 1963). El título remite a la rambla que separa dos municipios del extrarradio barcelonés: Cornellá y Sant Joan Despí. Una rambla conocida por sus bares de caracoles y por su peculiar ubicación, ya que separa los cementerios de ambas poblaciones. Es decir: conviven en ella la vida de las terrazas y la muerte de los nichos, los vivos y los muertos.
      Dos son los principales aciertos de la novela. Por un lado, el confundir, como si de un relato de Juan Rulfo se tratara, espíritus y seres de carne y hueso, fantasmas repletos de vitalidad y gente muerta en vida. El propio narrador, como se irá descubriendo, es un espectro que tiene acceso a la existencia de decenas de personajes gracias a su invisibilidad. Por otro lado, utilizar para el retrato de ese microcosmos un lenguaje rico y sugerente, en la línea del esgrimido por Umbral o el mismo Cela. Su mayor defecto --justo es señalarlo-- deriva de esa circunstancia. El autor no acaba de encontrar su estilo propio y la prosa suena a leída. Pero ésa no es razón para abandonar la lectura. Sobre todo si el lector es amante de la literaturización de la Barcelona periférica, la Barcelona de los emigrantes, los contrastes, los viejos pobres y los nuevos ricos. En ese sentido, no hay duda de que el Cornellá de Gálvez Alcaide es el heredero de La Verneda de Juan Marsé.