MORFEO EDITORIAL
CALIENTE
FRAGMENTO
INICIAL DE LA NOVELA
Ahora que empiezo a entrever
la pesada carga de la responsabilidad adulta, no dejo de recordar mis
determinantes quince años, las lecturas frenétikas de aquella época y el nabo
enorme de mi profe de Lengua, aquel profe loko y brillante del que no he vuelto
a saber absolutamente nada.
Ahora que tengo casi
dieciocho años y soy universitaria, recuerdo aquella etapa de mi vida sin dejar
de sentir cierto hielo en la boca del estómago, al mismo tiempo que surgen
aquellas frases memorizadas para siempre. Qué tiempos. Un Nabokov que me ponía
kachonda en algunos fragmentos de su Lolita, con aquella primera línea
grabada a fuego: “Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas”. Qué tiempos.
Le daba vueltas y más vueltas a la novela Ciudad Rayada, de José Ángel
Mañas, intentando reconocer los baretos y lugares de la obra de mi paisa, de
aquella ciudad, Madrid, que era tan suya como mía. Y aquella línea: “Y le bajé
las braguitas. Las palmadas en el culo le hicieron reír”. Todavía creo sentirlas
en mi propio kulo. Qué tiempos. Y aquellas lecturas histérikas de los
cuentos de Bukowski. La vida
hecha un
escupitajo de alcohol. El crudo capitalismo puesto a cara descubierta: “Y luego
vuelta a la fábrica conmigo, asesinando ocho o diez horas al día por una
miseria, sin llegar a nada, esperando a Papá Muerte, metiendo tu inteligencia a
patadas en el infierno y metiendo a patadas en el infierno tu espíritu”. Qué
tiempos. Y Lorca, Lorca y más Lorca. Y aquel viento que mordía de furia al ver
que Preciosa se refugió y se quedaba sin picotearle su dulce cuerpo de mujer
bandera: “Al verla se ha levantado / el viento, que nunca duerme. / Niña, deja
que levante / tu vestido para verte. / Abre en mis dedos antiguos / la rosa azul
de tu vientre”. Y por último, un momento clave: la novela El Paseo de los
Caracoles, de Antonio Gálvez
Alcaide, un autor nuevo del que nadie en clase tenía puta idea, la lectura
obligatoria del tercer trimestre que me valió un diez. Qué suspiros de niña
enternecida. Qué descubrimiento. Todavía no he leído una fantasía tan hermosa y
sensible como aquella; ni una imagen como la del alma de la difunta Mercedes
que, tras contemplar cómo introducen sus restos en un ataúd, se desmaya,
levita y queda suspendida en el vacío con los brazos en cruz: “La difunta
Mercedes, tendida en el aire, parece una arboleda de pestañas negras”. Qué
recuerdos. Y qué lecturas. Una verdadera bomba atómica emocional en una niña de
quince años.