MORFEO EDITORIAL
CÓRDOBA
FRAGMENTO
INICIAL DE CÓRDOBA
Ayer, a mediodía, cambié el abrigo por
la chaqueta. Ya asoma, por el lejano horizonte, la cabecita de la primavera, con
su humor efusivo, arremangado. Ya se atisba la alegría descansada del próximo
espacio en blanco, el siguiente periodo vacacional que me toca, el que ofrece la
Semana Santa. Si todo va bien, lo aprovecharé para poner pies en polvorosa:
Córdoba.
Tanta ciudad medieval como he visitado,
junto al vapor razonado de la literatura, y la imagen que poseo de Córdoba
proviene de mis ojos de niño, de cuando tenía diez años de edad. La provincia de
Córdoba es el lugar de mi ascendencia, el lugar que me hubiera tocado mamar si
mis padres no se hubieran apuntado a la emigración masiva que se produjo hace
medio siglo. Sé que si le digo a alguien que voy a utilizar la ciudad de Córdoba
como mera ciudad dormitorio, pensará que soy un tipo despreciativo, insensible,
ya que Córdoba es una joya histórica, cultural, arquitectónica. He de decir, sin
temor a equivocarme demasiado, que lo más importante que se manifiesta en
Córdoba lo viví a la tierna edad de diez años. Incluso viví los coños negros que
pintó Julio Romero de Torres.
El motivo de mi viaje
a Córdoba es la periferia: Aguilar de la Frontera, mi ascendencia por parte de
madre; y La Victoria, mi ascendencia por parte de padre. Ahí está la clave, la
sensación de cambio, la diferencia sensorial de unos ojos de niño con unos ojos
de hombre. Las cuatro casas que forman La Victoria, el pueblo de mis padres, ya
están alargándome sus brazos. Y noto cómo algo muy oculto, por ahora
indescifrable, se me encoge.
En la calle
Calvario (Aguilar de la Frontera)
Virgen de la Torre (La
Victoria)