MORFEO EDITORIAL
DIETARIO EN
RED 2004-2006
FRAGMENTO
INICIAL
2004
Martes, 26 de octubre.
No es fácil. Lo sé por experiencia. No es la primera vez que intento
afanarme en la escritura de un dietario. Tengo uno que abarca el tiempo que
transcurrió desde el 10 de septiembre de 2001 al 31 de diciembre de 2002. Una
etapa personal terrible, de las peores de mi vida, con unas consecuencias ya
tamizadas. El atolladero arrancó a mediados de los noventa.
Se puede decir que por
aquella época apenas era consciente de pertenecer a la sociedad. Sólo contaba mi
familia más querida, que agonizaba lentamente. Yo, sin trabajo. Yo, sin dinero,
viviendo con cuatro pesetas ahorradas. Yo, sin relacionarme. Yo, sin calma y
metido en esporádicas sanfrancias descomunales. Tan sólo existíamos la muerte
literal y yo. Siniestra y tristísima época aquella de mi viejo dietario, que
insistía en rememorar antiguas etapas, escrito a mano, del que sólo tengo en
letra de molde más o menos la mitad de su extensión, unos trescientos
folios.
Este dietario es otra cosa.
Las fechas no se ceban conmigo. Parece que a veces respiro cierta brisa fresca,
salada, de playa espumosa, cierto aroma vegetal, de tomillo esplendoroso, cierto
empuje que se despereza tímidamente con el objeto de semejar aquella vitalidad
de mis diecinueve, de mis veinte años, cuando creía acaparar las suficientes
destrezas que conseguirían conquistar mi mundo elegido.
Ahora estoy en otra órbita, como dirían los
periodistas. Sonrío frecuentemente. Salgo de vez en cuando. Leo más. Escribo un
poco más. Trabajo (soy profesor de instituto, de Lengua Castellana y
Literatura). Incluso vuelvo a prestarme a intentar conocer de lleno a las
mujeres, ese venero agridulce. Y hasta me meto en un dietario virtual, un asunto
curioso, muy curioso, e insospechado para mí hasta hace bien
poco.
No sé cuánto tiempo durará esta
intentona bloguera. Sus características pueden resumirse en un par de palabras:
la inmediatez. Imagino que mis entradillas habrán de ser breves, parecido a
aquello de aquí te pillo, aquí te mato, sin mucho tiempo para la reflexión. Como
lo escrito de ese modo ha de salir virtualmente impreso cada día, o casi cada
día, apenas queda tiempo para la corrección. Este asunto no deja de representar
cierto desafío para alguien como yo, acostumbrado a la escritura lenta, muy
lenta, a tachar mucho, a enmendar más. ¿Cómo me manejaré en esta
nueva
experiencia? No lo sé. Sólo tengo clara una cosa: me espolea la
curiosidad.
Enderezo los cordones de
los zapatos. Me ajusto la correa. Cargo la mochila con los elementos justos. En
el día de mi 41 cumpleaños, doy por iniciado Dietario en
Red.
Miércoles, 27 de
octubre. Hoy sigue siendo mi cumpleaños. Ayer fue mi cumpleaños de verdad;
hoy, mi cumpleaños oficial, el que reza en los papeles. Me di cuenta del
traspapeleo un día de mi infancia, cuando llegó a mis manos el Libro de Familia.
La referencia a mi atolondrada persona me convertía en un chaval un día más
joven. Le pedí explicaciones a mi madre. Su respuesta manifestó que
mi padre nunca estuvo atento a los rigores de la burocracia. Hizo
bien.
-Eso es así porque tu padre te
asentó en el Ayuntamiento un día después, y tu padre… Eres mayor que tu hermano
cinco años y un día. Cinco años y un día.
Mi hermana Rafi también dispone de dos cumpleaños, el de verdad y
el oficial. Sí, hoy también es el cumpleaños de mi hermano Fernando. Casualmente
lo voy a ver ahora. Y a su niña de tres meses de edad. Y a su niño de tres años.
Esos niños chiquitos que le han salido tan buenos.
Los años, los meses, las semanas, los días… Encoger y
retroceder a la seguridad de la primera hora. Me estoy acordando de unas
palabras de Mercè Rodoreda: «Si tots els que som ací poguéssim tornar dintre un
ventre, la meitat moriríem trepitjats pels qui voldrien ser primers. Un ventre
és calent i fosc i clos».
Jueves, 28 de octubre. En el instituto, uno de Cornellá de Llobregat.
Aprovecho la hora del patio para seguir con la corrección de los primeros
exámenes en masa de 3º de ESO. Salta una chispa. Se trata del examen de una
chica que se sienta en primera fila. Salvo su torpeza, una tara generalizada en
la mayor parte de la chiquillería, no había detectado nada de particular en
ella. No es conflictiva. Se sienta sola. Nunca habla. Parecía de las aplicadas.
De pelo pajizo y ceñuda, siempre presenta arreboladas las mejillas, como si su
colorete proviniese de un sobreesfuerzo cerebral, de un intento de concentración
desmedido.
Como digo, no había
detectado nada extraño en ella. Hasta que leo su respuesta a la primera pregunta
del examen, un chispazo fuera de lugar, algo sorprendente. Presento a
continuación la pregunta y su respuesta:
1. ¿Cuándo llevan tilde las palabras agudas, llanas, esdrújulas y
sobresdrújulas?
Cuando me da la gana. Profe, tu polla yo la tengo entre las
piernas.
Tras la absurda y
retorcida respuesta, le echo un vistazo rápido al resto de la prueba. Hay
dibujitos. Un corazón. Un cuchillo con hoja de sierra al que acompaña la
siguiente amenaza a la nada: «¡Te voy a matar!». Unos genitales masculinos al
lado de una matriz. Una esvástica bajo el epígrafe: «¡Alma
Racista!».
Como detecto que el asunto
raya cierta patología, a la hora del patio, en la sala de profesores, le pido
antecedentes a la coordinadora de los terceros.
Marilyn Monroe
en un descanso de Bus stop (1956), de Joshua
Logan