MORFEO EDITORIAL
La niña Eduvigis Lindavista nació del pecado. La
niña Eduvigis nació en la aldea más retirada de la República, allá donde nadie
se acerca por su lejanía. Esta niña se presenta expuesta en la capital, en la
Basílica de Nuestra Señora del Caribe. Los cirios arrebujados en las esquinas de
su pequeño ataúd de cristal brillan día y noche, y la luz y los peregrinos,
exaltados y confiados, son los compañeros de su mayestático cuerpo incorrupto.
El aspecto del cadáver es lozano. El diáfano cristal de su cajón lo muestra
estirado en un largo camisón blanco que cubre todo su cuerpo, exceptuando las
manitas de porcelana y el rostro sereno por el que se adivina, si se mira
fijamente, una liviana sonrisa de complacencia.
EDUVIGIS
LINDAVISTA
El novio se me quedó en Nebaj. Al poco me dijo la
hermana que le metieron el tiro sin querer, por equivocación. Pero fue nomás
para aplacarme, para que no bajara. A ella se lo refirió una oreja que venía de
paso desde el otro asentamiento. Cuando me dijo la hermana que le metieron el
tiro sin querer, se me subió a los ojos un remolino de lágrimas, la sangre se me
despegó a trechos, se me empañetó la calentura y se me aflojó el muelle de la
firmeza, tanto que me creí sin gravedad y que empezaría a flotar como una pluma
de quetzal. Sin embargo, al poco, la sangre se me juntó otra vez y pude sentir
los pies sobre la tierra. Ustedes me escuchan como si no me oyeran, pero yo sé
muy bien que me escuchan. La hermana me dijo que me mataron al novio. Eso fue lo
que me trajo acá.
EL DÍA
AQUEL DEL CEMENTERIO
El error del indiano Zacarías fue haber llegado, con
su peonada, a la mismita raya que separa Venezuela de Colombia. Allá se tropezó
con la hija de la curandera Malaúca Chuca y claudicó su sentido común. Esa
hembra era una negrita catira de veinte años que se llamaba Paragua en honor del
agua grande del Orinoco. Gastaba cabellos lacios de terciopelo y labios carnosos
de fosforescente rojo clavel que encandilaban la noche del trópico. Vivía en la
choza de un pequeño poblado, y allá donde se la encontraba el indiano Zacarías
la chingaba sin el menor decoro, a veces sin mediar palabra y sin importarle si
yacía en lo alto de una pita o en los morichales del canto de su casa a la vista
de su madre.
EL INDIANO
ZACARÍAS
EN UN
RINCÓN OSCURO
Acá me muero con mis pensamientos, y con este frío
de los hielos del carajo. Pero son los pensamientos los que me acometen y se
envalentonan con sus imágenes quebradas como de muchos cristales afilados,
esparcidos mero en medio del tránsito de mi sangre. Yo sentía que mis
pensamientos se habían apergaminado entre las costras de los años; sin embargo,
hoy se desperezan como los gatos llevados de la rabia.
—Esta noche no hace frío —dice el tío Miserias, envuelto en el
jorongo de sus cartones—. Esta noche hace bueno. Señor Matrero, usted tiene el
frío de los que se mueren. A lo mejor se muere esta noche.
VUELOS DE
DESEO Y GRIETAS
El olor de los jazmines trepadores, y de las
dulzonas camelias, ya soliviantaron a Ranchito mucho antes de que abriera los
ojos en un nuevo amanecer de desagües. La realidad de las esencias florales, que
regaba su pieza desde la ventana, se mezcló con el alboroto de sus sueños de
nalga y agua; por ello Ranchito, durante gran parte de la noche, luchó amarrado
de estremecimientos y se menoscabaron los resortes de su catre
quejumbroso.
Es que aquella mañana era la mañana
del viernes. Y la mañana del viernes significaba el culo enorme de la señora
Juana, o las bragas de algodón de la princesa Violeta, y hasta el balanceo
estrepitoso de la viuda Gertrudis. El viernes, por tanto, era el viernes del
gusto y los novillos, el supremo viernes inamovible de salpicones y
vértigo.
Poco después de que enterraran a su papá, el niño Lolo aspiró más
pegamento que nunca.
El niño Lolo, en el momento de
las sepulturas, se desentendió de los ataúdes cuando advirtió, malamente, que el
de su papá ya estaba quietecito en su nicho. El niño Lolo se diluyó entre las
piernas de la colérica gritería y dejó muy atrás los cinco ataúdes que
avanzaban, en suspenso, desde muchos brazos alzados, desde muchos pescuezos,
como de jirafa, para mirar mejor.
PRIMERIZO
EN BRASAS
MEMORIA DE
LA CIUDAD SIN PAZ
Desde que se rumoreó que Magdalena Huertas era
descendiente de la familia de una niña santa, muertita y adorada en un país
recóndito, los electores la escuchaban consternados y deslumbrados, como si
presenciaran la propia imagen de Dios, cegadora y enternecedora. Y allá donde se
dirigían los pasos de la mujer, muchos pasitos nerviosos, igual que los de las
marabuntas, se le aproximaban como eco y sombra de una esperanza
renacida.
NOCHE DE
TROPIEZOS Y ALTIVEZ
—¡Soy Gonzalo de Pineda y, aun en harapos,
con mi espada os haré frente!
El traidor Gonzalo de
Pineda deliraba, abandonado por los suyos, en la espesura de una selva
advenediza. Avanzaba semidesnudo, descalzo, blandiendo su arma al aire de
las cagafuegos. El que fuera renombrado conquistador, enloquecido, confundía las
retamas con indios dragones; y su suerte, con una nueva orden de rescatar oro,
asolar y poblar, siempre en nombre de Dios y su majestad el Rey.
Fragmentos
iniciales
Relatos del fuego sanguinario y un candor
JUSTINITA
LA IDOLATRADA
El alba rasguñaba la puerta de la señora Justina y
terminó cascándose, como huevo de chachalaca, sobre la madera de polilla. Cuando
esto ocurrió, la señora Justina abrió los ojos en un respingo y pudo comprobar
que su niñita se le había muerto en el seno de sus tiernos y protectores brazos,
donde la hija todavía le procuraba calor con una de sus mejillas. La niña se
murió despacito y sin hacer mitote en el momento que a la madre le venció el
sueño, se conoce que para no remover más la ventisca de la
tristeza.
UNA NIÑA
PERDIDA EN EL MAR
El día que los dos guajiros de malas costumbres
asaltaron el chamizo, los niños de aquella humilde estancia aprendieron a estar
queditos y sin respirar debajo de la tierra, mismamente como los
congorochos.
La niña Valeria era muy bien mandada,
por eso obedeció a su padre, el rebelde Tobías, sin preguntar. A continuación
cargó con su hermanito de meses, y con toda la humedad y negrura del agujero,
momentos antes de la violencia. Cuando la niña escuchó las sacudidas de la tabla
que los encerraba, aún conseguía vislumbrar los rojizos ojos de su madre,
tupidos de lágrimas candentes, unas lágrimas que escaldaron sus mejillas al
despedirse de los hijos para siempre.
Ilustración, para Justinita la Idolatrada, en Tren de
Vía Láctea y diecinueve cuentos más, editado por la Confederación Española
de Cajas de Ahorros.