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MORFEO EDITORIAL
Fragmento inicial
EL INFORME DEL ROEDOR
Jesús, María y José, como dirían mis abuelas, permitid a este pobre inculto que las palabras surjan de él frescas y lozanas, tanto como los borbotones de los manantiales que bajan regando la verde y aromática hierba de vuestros valles celestes. La doctora Sarmiento bien se merece mi declaración jurada. Juro que todo lo que voy a decir es verdad. La doctora Sarmiento conquistará galones desde el instante que lea mi informe en primicia, para ella sola.

El doctor Contreras se quiebra la cabeza cuando intenta sonsacarme. El doctor Contreras abre la puerta de mi celda y expande un sonoro buenos días. Interpreta  una sonrisa
y enciende el brillo de sus ojos. El doctor Contreras se queda estático cuando le contesto con un beso en las mejillas y le susurro en una oreja que buenos días, que hoy me he despertado con la pierna  izquierda muerta, que
como consecuencia duerme profundamente el hemisferio derecho de mi cerebro, de mis ideassssss. El doctor Contreras se aleja de mí sin despedirse. Se rasca el hoyito de su oreja y murmura. Se conoce que la ese de ideas se le ha alargado tanto por el hoyito de su oreja que los pelillos se le han debido de enredar atormentando la pequeña porción de sangre que se constituye en la membrana basilar, el órgano de Corti y demás mejunjes. El doctor Contreras sabe perfectamente que hoy sólo obtendrá de mí un inquietante silencio, sólo silencio.

Estas palabras se dirigen a la doctora Sarmiento. Yo mismo se las entregaré en persona. La doctora Sarmiento bien se merece el mundo. La doctora Sarmiento se merece  el inmenso
mundo a sus pies. Lo tengo todo minuciosamente planeado. Nunca creí que la pulcritud se enseñoreara tanto en mis torpes acciones. La mañana habrá de lucir unos  espampanantes
rayos de sol, como cuando en primavera el almendro en flor de mi sesera aspira el aroma salado del mar y procura, repartiendo optimismo, que la oxigenación se extienda por mis sesos. El aire de la mañana habrá de oler en los negros cabellos de la doctora cuyo flequillo, en desorden, me tendrá que hablar del dinamismo del exterior. La mañana habrá de corresponder en el almanaque al día diecisiete, por ver si así se recorta un poco el abismo que representa esa fecha. Entonces, simulando mi más amena mueca, a la doctora Sarmiento le descorreré con suavidad los dedos de la mano y en ellos expandiré el legajo de estos papeles. Le diré: «Lo juro, lo he escrito para ti». La doctora Sarmiento se merece el mundo a sus pies.

Doy dos palmadas y obtengo una gracia plena. Doy dos palmadas y soy capaz de distinguir cómo el don se sublima a mis hechuras. El don de saber estar, de la prudencia, de la clarividencia, de la palabra. Doy dos palmadas y de la cama se elevan unos vapores que caracolean frente a mis ojos, que me alumbran en los momentos que las palabras precisas se resisten a salir salpicadas sobre el papel. Qué dócil es el papel. Qué fácil es escribir.

El doctor Contreras abre la puerta de mi celda. Lo acompaña una  médica sexagenaria que
nunca he visto. La mujer presume de mostrar su impecable bata blanca. La mujer tiene muchas canas, largas canas que se enmarañan en los pelitos negros que le quedan. La mujer tiene cara de cebra, incluso su panza hinchada de tripas y cataclismo tiene pinta de cebra. Esta mujer habría de inspirarnos asco, pero impone respeto. Las rayas de su frente, igual que los surcos de un patatar, se traducen en la autoridad que legitima una edad avanzada.

El doctor Contreras me suelta un buenos días y su tono me subyuga. El doctor sacia una comezón sin el menor rubor, de golpe y porrazo. El doctor camina hacia mí con su tono en la boca, su falsa sonrisa dentro de su espesa barba y las yemas de sus dedos labrándose paso por el escándalo. Qué rabia. El repulsivo doctor Contreras se rasca los huevos ante mi estupor. El doctor Contreras se los rasca delante de la médica de intachable bata blanca, con la naturalidad de quien respira sin dificultad, sin educación, con el atrevimiento
del que no guarda un mínimo respeto hacia quien podría ser su madre.

El doctor Contreras repite sus buenos días y le contestan mis lágrimas. Intento expresarme. No lo consigo. Deseo recriminar su falta de tacto. Los sonidos de mi garganta retumban ininteligibles, se esparcen devorando las pausas reglamentarias del habla, me transforman en un imbécil que tropieza frente a lo más elemental en el hombre como es el lenguaje. Voceo, berreo y al doctor Contreras le señalo con mi dedo índice sus partes pudendas. Todo es neblina. El entorno es un bulto espectral. Distingo cómo se aleja el doctor Contreras con la mujer de la bata blanca. Avanzo y le pego una buena patada en las piernas al doctor Contreras. Se produce mi primera agresión en este hospital de locos. Es laprimera y la última. Ahora la integridad vive en mí. Ya no se han de tolerar los actos banales, los gestos ordinarios: ¡al paredón con ellos! No puedo hablar tanto. Reconozco que si el doctor no hubiera desaparecido tras la puerta, lo habría matado con mis puños, esos que, como se sabe, machacan con presteza los labios de las caras sórdidas, y las narices también, y las cejas, y las manos… No nos engañemos.

«¡Al paredón con ellos!», decía mi compañero Paco, el de la obra de Sant Boi, cuando se refería a cualquier político actual. «¡Al paredón!», decía, cuando el contramaestre de la obra lo mandaba al andamio del cuarto piso o al rincón más jodido de la construcción. «¡Al paredón!», repetía siempre que algo o alguien contrariaba su ánimo. Mi compañero Paco, el de la obra de Sant Boi, habría fusilado a la mayoría de la sociedad que componía su laberíntico mundo, si no se hubiera matado antes en pleno acto de servicio. «Yo no sé qué haces aquí de peón —me decía a veces—, con lo bien que hablas y el bachillerato hecho tendrías que tener otro futuro». La muerte de mi compañero Paco me afectó durante meses. Y mis sesos se sumieron en un pudridero descomunal, un pudridero donde yacían, carcomidos, los anhelados fusilados de mi compañero, y donde él, con las vértebras partidas y la cara desfigurada, intentaba colocar la punta de su fusil en lo hondo de mi boca para perforarme la cabeza con una minúscula ráfaga. «Yo no sé por qué curras aquí —me decía a veces en aquel pudridero particular—, con lo chachi que te enrollas y con el título de bachillerato ¡tendrías que tener otro futuro!».