MORFEO EDITORIAL
Una inmensa nube de tormenta, con ojos
como fauces, raía el azul diáfano del cielo. Se cimentaba con violencia,
instalaba sus sacos de pedrería helada, sus aguas granizadas. Los relámpagos
mostraban sus múltiples ojos para que las personas de la calle conocieran el
rostro de las almas atormentadas: unas fauces amortiguadas por la quemazón del
rayo y la Goma-2 de los truenos.
—Parece que va
a llover.
Al salir del gimnasio, el rubiasco
del chándal propinó un golpe de vista a la tormenta, a los ojos de la tormenta.
Pensó con acierto que así debían de expandirse las almas machacadas de las
personas.
UN PUZZLE
GRIS
Playa de La
Concha. San Sebastián.
En la calle, las sombras de la noche continuaban
trazando dibujos abstractos con los guiños brillantes de las farolas, y
conseguían escuchar los cartilaginosos berridos de un recinto que sudaba sangre
y escoria. Pero eso ocurrió ayer, tan lejos de ahora, cuando la calle venció sin
intervalos armada con sus delirios perversos. En estos momentos, las sombras de
la calle han adormecido su vena artística de borrador y carbonilla. Sólo
rastrean, con sus orejas en tromba, el grito que pueda derramarse en este
recinto de sudor, sangre y escoria. Las sombras de esta noche ignoran mi
resistencia. Cuanto más me pica el dolor, más se me infla el vergajo y más alta
presume mi corrida. Ayer, cuando pasé por esta calle sadomasoquista, la noche
cotilla y perversa se entretenía con dos menesteres: la creación artística y la
percepción del dolor. Ahora la noche es toda orejas, espera mi aullido para
triunfar y sólo capta gemidos placenteros. Desde aquí, a la noche le mando un
buen corte de mangas. El paréntesis del ama termina. El ama creía que se me iba
a ir la cabeza cuando me traspasaba los pezones con dos alfileres
banales.
—Sí, ama.
EL FRAGOR
DE LA SANGRE
Una lágrima rosácea, florecida en llamas, entibia su
cotidiano sendero helado. Una lágrima en mi cara. Ocurre las veces que me
acuerdo de ti, chica. Te levantaste una mañana y yo ya no estaba. Luego dijeron
que tu casa se inundó de lágrimas, que las horas de tu casa se ahogaban con el
desbordamiento de tus ojos claros. A veces las disculpas no sirven y los
perdones se resisten. A veces las cosas son terribles. Una mañana huí de la vida
que me conoce, por averiguar si otra vida me sonreía. Todo se me caía encima.
Todo se hacía demasiado grande.
Como tú fuiste mi
última chica, a veces pienso como si estuvieras cerca. Y me sorprenden las
rosáceas llamas de una lágrima rodando por mi cara. Las morenas de ojos claros,
que además saben ser personas, no se encuentran todos los días. Deambulo. Los
kilómetros tirotean mis zapatos. La noche es muy fría al raso. Pero mis
pensamientos hierven igual que cuando desaparecí de tu vida.
SOBRE LOS
ESCOMBROS
EL
ITINERARIO
—Las palomas duermen.
—¿Qué?
—Las palomas duermen —repitió ella, que
siempre era como un trago benévolo de agua fresca.
—¿Las palomas de la paz o las palomas de la guerra, eh, jodida? —preguntó
él,
flamígero.
—De la paz. Las palomas son de la
paz.
—Y un cojón —añadió él, veloz, más veloz que
otras veces.
La chica, detrás del cristal de la
ventana, miraba las copas de las moreras. La noche soplaba sus fríos. Las
palomas, guarecidas en las ramas de las moreras, parecían pelotas de alquitrán.
La chica avisó. Sabía que cuando avisaba, obtenía resultado.
—No empieces con la lengua sucia.
—Bueno, vale.
El chico, sentado en una butaca,
tenía una copa de ginebra. Observaba las espaldas de la chica, su porte
romántico y reflexivo frente a la calle, los árboles, las palomas de la
paz.
SÍNTOMAS
Como una brisa desollada de escarmientos, cariño.
Así puede rezar el lema del texto que a continuación te remito por mensajero y
que tan hondo impacto me ha producido. He fotocopiado estas hojas para que me
cuentes tu parecer. Sabes que siempre he tenido muy en cuenta tus estudios de
psicología. Estas hojas se encerraban en un sobre con la siguiente nota:
«Entregar a mi hermano Juan». El caso, desde el principio, es un caso claro, un
caso cerrado. Cariño, ¿crees que las situaciones que plasman estas hojas las
puede experimentar cualquiera? ¿Crees que únicamente se podrían concretar en un
grupo muy reducido? Medita, amor. Estoy deseando conocer tus sugerencias. Tienes
casi todo el día por delante.
Un beso, muñequita de
porcelana, la energía que me orienta, mi cariño.
* * *
Juan, parece que
la Isa me pone los cuernos. Lee con atención: la Isa me pone los cuernos.
—¡Estamos rodeados de mierda! —dijo Tom, un
invitado.
Era cierto. Los tres chavales estaban
sitiados por numerosas brazadas de basura en un sofá del
comedor.
—Dame un papel, Jack —dijo John, otro
invitado.
—¡Que te den por el culo! —se apresuró a
exclamar Jack, el anfitrión, mientras
lanzaba al aire un papel de
fumar.
La mierda del comedor flotaba en su
rutina. Siempre había botellas de leche vacías en el suelo, apestando a leche
podrida. Siempre se contaba alguna patada a distintas latas de conserva
abiertas, con su corrosivo aceite putrefacto. Los fragmentos de pizza se
endurecían en los rincones, igual que algunos calzoncillos apergaminados,
acastañados de sucia brisa anal. Como en broma, bajo las patas de una silla, se
dejaban distinguir unas bragas de cartón piedra todavía envueltas en su perfume
chillón, dadas de sí por unos testículos casi proscritos.
COSA DE
TRES
EL
ACOSO
Se eternizaba el viento que golpeó la cabeza del
camillero. Primero lo engañó con aires vulgares, monótonos, que limpiaban su
paso; luego, cuando faltaban unos tres metros para que llegara a la portezuela
de su automóvil, el viento se cebó con él de la forma más cruel que
pudo.
El ataque lo inició con una rápida y precisa
bocanada de arena en los ojos. El
camillero emitió un breve quejido, se
cubrió el rostro con las manos. Le escocieron los párpados. Se inclinó con
dificultad. El viento bullía incluso del hermetismo del suelo. El viento
huracanado, la profundidad de la noche y la lejanía del hospital lo relegaron a
la indefensión más absoluta.
—Ya ha empezado el
fin del mundo —balbuceó.
El camillero recordó
cosas que le paralizaban. No podía abrir los ojos. Se restregaba los párpados.
Los pinchazos de la córnea se multiplicaban. Cuando volvió a lamentarse y a
pensar en el fin del mundo, unos inagotables fragmentos de arena le punzaron el
cuello, le obstruyeron la garganta, le congestionaron las vías
respiratorias.
CALAFELL
PLAYA
De calentura se presenta la noche. Las noches
calurosas son las mejores. Las tías
sudan más, beben más, se les va la olla
antes. Tengo la sensación de que la noche se presenta de puta madre. Nosotros
somos seis, los seis: el Manel, el Tete, el Vale, el Carmelo, el Jorge y yo.
Somos los mejores, los de más palique. Nos vamos con cualquier nena, por muy
foca que sea. No exigimos eso de la belleza. Nos vamos con cualquier nena sin ni
siquiera estar muy bebidos. Todavía me acuerdo de la pava que, hace cinco meses,
me comió la polla en el coche. La pava tenía cara de simio, pero se la tragaba
hasta el forro de los huevos. Un sol.
Nosotros
somos de los más guapos y valientes. A las pericas no les exigimos eso de la
belleza. Tampoco es necesario que nos lo agradezcan. Lo hacemos por placer. Es
más excitante que una vulgar paja solitaria.
Fragmentos
iniciales
TRENZADO DE HOMICIDAS