MORFEO EDITORIAL
EL PASEO DE
LOS CARACOLES
FRAGMENTO
INICIAL DE LA NOVELA
La freidora aún quema, la plancha no se utiliza ya, hay
panecillos por todos los rincones, también tomates partidos por la mitad. Toda
la cocina es un desorden envuelto en un vaho templado y
desconsiderado.
En estos momentos, la señora Lola
cena hecha un guiñapo. Cena con apetito. La señora Lola es de las que comen a
todas horas y no engordan. A la señora Lola se le sujetan las carnes prietas.
Como el alimento es salud, luce siempre un par de hermosos carrillos sonrosados.
Aunque la señora Lola cena de espaldas a su cocina, controla el negocio, al
marido, al empleado y al mosquito grisáceo, tan voluminoso como un moscardón,
que recibe veloces manotazos. También da conversación al último cliente de la
noche que apura su chato de vino.
--Ande, ande.
Nosotros no vamos a la playa. El trabajo es lo principal --dice.
La señora Lola está obsesionada con apurar al máximo los dineros
que manan durante los meses de verano, la única temporada en la que puede
ahorrar un pico.
El bar disfruta de algunos
clientes fijos, en su mayoría cincuentones y sesentones. Estos clientes son
fijos porque contemplan el diario escote estival de la señora Lola, sus treinta
años altivos y sus ceñidos pantalones, por los que se adivinan unas nalgas
redondas y prolongadas.
La señora Lola continúa
cenando hecha un pingajo. Pero atractiva. Ella siempre está guapa. El nacimiento
de sus pechos, que enseña hospitalario el escote, sube y baja a un ritmo
sosegado. El nacimiento de sus pechos está impregnado de diminutas gotitas
aceitosas de la cocina que abrillantan toda su magnificencia. En el nacimiento
de sus pechos se asientan las miradas fugaces de muchos clientes. El último
cliente lo mira descaradamente, es un vejestorio cachondo.
Cuando la mujer percibe ojos en sus pechos, siente lo mismo que
cuando no los percibe.
--¡Pepín, el cubo de la
basura está enfrente de la nevera del mostrador! ¡Date prisa, rey!
--dice.
Cuando la amplia y oscura cazuela se enfría, el caldo
de los caracoles es de un acentuado verde hierbabuena. Los caracoles,
tiesecillos, muertos fuera de la concha, con paciencia se pueden contar de uno
en uno. Sólo quedan dos o tres raciones.
Afuera, en la Rambla, el aire es tibio y pegajoso, del pegajoso
que hace creer a las personas que son gorrinos molestados por moscas atontadas
de verde esmeralda o negro carbón, tan asquerosas ellas, del mes de
julio.
Afuera, los camareros de la Rambla recogen
las mesas y las sillas con la trágica idea de ahogarse, paulatinamente, en el
aire calentón.
La una de la madrugada invita a
marcharse a descansar. Pepín, mientras barre, piensa que ya debería usar la cama
y saborear, despatarrado y en cueros, la almohada y las sábanas. Entonces
aligeran sus movimientos.
Pepín es pecoso, tiene
granos en el cuello, unos ojos azul marino y una mirada serena. Una mirada que
reconforta a las mujeres, que penetra en los recovecos más íntimos de las
mujeres, esos recovecos oscuros que ni ellas mismas conocen. Una mirada que
produce, a las mozuelas de su edad, cierto hielo en el estómago, breves vértigos
y flojeras en los cachetes de sus posaderas.
Una
gota de sudor se le desliza por la sien. Arrastra servilletas de papel,
humedecidas en salsa de tomate y mayonesa; cabezas y demás restos de gambas
despanzurradas; patatas bravas, con su pimienta incluida; infinitas conchas
vacías de caracoles, que suenan, al deslizarse por el suelo, como unas
castañuelas agitadoras y rítmicas. Su escoba acaricia pequeños segmentos
vomitados, salivajos arrojados por los críos de estomaguito delicado. El pique
de los manjares a veces arde. Unas palabras pronunciadas hace varias semanas
resbalan entre las partículas de la noche:
--El
niño está hecho un hombre. Paco, mira qué bien come.
--No le des caracoles al chiquillo, que va a empezar con las
arcadas.
Pepín maldice, al limpiar las miserias,
todos los días. Cuando llegue el invierno se marchará a hacer la mili, como
soldado voluntario, en la Renfe. Dice su padre que al licenciarse tendrá la
seguridad de un trabajo perenne y que será uno menos de los que imaginan que la
vida en Barcelona es incierta y achuchada. Pepín maldice. Incluso le gustaría
dejar de existir y olvidar para siempre la incertidumbre.
El techo del bar es el suelo del primer
piso. En sus losas se apoya una cama, y en la cama, desde hace unas horas,
agoniza un hombre.
El agonizante piensa, con razón,
que le ha dado una parálisis total y que cuando levanten su cuerpo será con los
pies para adelante.
El agonizante piensa: «En este
puñetero paralís me quedo». No se turban sus reflexiones al darse cuenta de que
se ha quedado sin habla. A lo mejor es demasiado pronto para perder los
estribos.
En la alcoba domina un torbellino de
penumbras. El agonizante sólo consigue ver con claridad, gracias a las luces de
la Rambla, la persiana casi echada de la ventana. El hombre, ajado por la
erosión de los años, puede mirar al frente, al techo y un poco hacia los
lados.
El año pasado se le diluyeron las esperanzas
de regresar a Montilla tras su jubilación, de pasear todos los días por el
Paseo de la Corredera, de contemplar el gozo de su mujer y sus paisanos en la
Feria del Vino. Hace un año se le distorsionó la ilusión de verse agraciado con
una quiniela millonaria que lo sacara de la fábrica. El año pasado decía que su
mujer estaba enferma porque se le endulzaba la sangre. Hace un año, en el mes de
julio, su mujer murió con sangre de azúcar.
El
agonizante decía en el bar de abajo, el bar Los Cordobeses, que no ha tenido
hijos porque no se los ha dado Dios, y que no sabe si es para bien o para mal.
Su familia, ajena al presente trance, respira en Montilla el sosegador aroma
campestre, pero conserva una hermana que vive en Barcelona y lo visita todos los
miércoles.
A estas horas de la madrugada, un
airecillo fresquito y reconfortador se cuela, a través de la persiana, y sopla
el rostro del agonizante. El airecillo le mueve los cabellos que le quedan y le
desparrama cierto aroma de paz en el combate contra la muerte, una lucha que
comenzó cuando se puso el sol.
A estas horas aún
oye estrepitosos sonidos humanos. A Pepín, que chilla a no sabe quién, le conoce
la voz.
--¡Me estoy muriendo poco a poco! ¡Qué va,
estoy muerto ya! --dice.
El agonizante, en todo
momento, mira al frente, es más cómodo. Mira hacia la ventana, y piensa. Si
pudiera volverse, con el objeto de refrescar su espalda, se volvería. Pero no
puede. Hace calor. Gracias a Dios se acostó en
calzoncillos.
El aire, ese aire que absorbe
a los habitantes de la Rambla, se muestra cálido y desapacible para los
camareros; tierno y accesible para los que lo toman con calma; húmedo e ingrato
para los que notan el roce de los muertos.
El aire
de la Rambla, del Paseo de los Caracoles, como sabe usted que se le llama
popularmente, esta noche huele a muerte.