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MORFEO EDITORIAL
EL SOLITARIO
FRAGMENTO INICIAL DE LA NOVELA
         Desde que falleció su mujer, hacía siete años, se encontraba absolutamente espantado de la vida. Raro era el día que sus ojos se libraban del ahogo de las lágrimas. Pensaba de sí mismo que era un pobre hombre. Tenía la convicción de
que se estaba convirtiendo en una verdadera piltrafa, entumecida por el  miedo y la pestilencia de la derrota. Evitaba el fragor de las  calles. Sentía la tensión de las personas que se le cruzaban,  sus caras agrietadas por la rabia. La condición humana le parecía un manojo de garras en conflicto; algunas victoriosas, la mayoría por los suelos, resentidas, pudriéndose de humillaciones. Desde hacía siete años, raro era el día que la tristeza no le dislocaba un hueso a su alma confusa y le mojaba la cara de aguas procelosas. En esos momentos, especialmente  particulares y amargos, notaba una presión tan intensa en su pecho que tenía la certeza de que le faltaba muy poco para  expulsar, por la boca, un amasijo de tripas destrozadas, algún pellizco de sus pulmones, algunas venas rotas de su corazón, todo un interior demolido por las estridencias de su mente.  En esos momentos crueles, el pánico le trastornaba el habla y sólo se le podían escuchar dolorosos gemidos. Su vida almacenaba muchos gestos. Y muchas frases.
         -Salva, escucha -dijo la única mujer con la que se relacionó, unos días, tras la  muerte de su esposa-. Estás como un cencerro. ¡A callar! ¡Siempre sin trabajo! ¡Siempre de baja! ¿Es que no lo entiendes? ¡No puedes tener agua dentro de la cabeza!
         -Que sí, que siento como agua en la cabeza.
         -¡Que no! Me largo. Ya no piso más tu casa.
Salvador tuvo el gesto de acompañarla a la puerta, con las piernas temblorosas y los carrillos incendiados. Antes de que  la mujer desapareciera escaleras abajo, la abrazó fuertemente, estrujado en llanto
Rostro estampado en la denominada Sábana Santa de Turín. Secondo Pia (1898). Uno de los detalles clave de la novela El solitario.
y fracaso, sabiendo que se trataba de la última vez, comprobando su rostro impasible. Cuando la mujer desapareció escaleras abajo, se escucharon sus últimas palabras.
         -¡Clavado! ¡Estás clavado!
         La vida de Salvador almacenaba muchos desprecios, muchos rostros ácidos. La cara rota de la única mujer con la que estuvo casado se le aparecía la mayoría de las noches de invierno. En cuanto se acostaba, apagaba la luz y cerraba los ojos, solía florecer en sus párpados la cara desparramada de su esposa, aquella tez amoratada sobre un bordillo, toda la cabellera rubia jaspeada de sangre rojísima, sin vida. Entonces encendía la luz, contenía la respiración y entrecortadamente exclamaba: «Otra noche más». Pasadas varias horas, se  dormía bajo las resonancias indelebles del bordillo, de la calamitosa furgoneta que se desvió un segundo, de la murmuradora maraña de la Rambla.
         Las palabras volaban y se desvanecían. Las palabras formaban frases, picoteaban como buitres los intestinos de aquel hombre y se desvanecían silenciosas, poco a poco, como  nubes blancas. Casi siempre, las palabras frescas del pasado surgían desde distintos estímulos. La lluvia fina, prácticamente inadvertida, le desenrollaba unas palabras que lo intimidaban: «Usted, por ahora, no puede responsabilizarse de la educación de su hijo». Estas palabras, que se encadenaban como eslabones muy fríos, estaban perfectamente ensambladas a la mayoría de los días de lluvia fina, y sustancialmente anudadas a la boca del señor que las pronunciaba, un hombre de ciencia,  un médico especialista, algo así como un dios.
         Las frases y los gestos. Y su hijo, con seis años.
         -Que me voy con la abuela. Pero vendré los veranos.
         Y su hijo, con sólo seis años.
         -Le soltaste la mano, por eso se murió la mamá.
         El hijo presenció la muerte de la madre. «Le soltaste la mano», cuatro palabras que tenían ya siete años de vida.
         Desde hacía seis meses, aquel hombre escuchaba un incansable trajín de aguas en su cerebro. No se le manifestaba escandaloso, pero sí constante e indomable. Pensaba de sí mismo que era un pobre hombre casi cuarentón, sin salida. Vivía más huérfano que nunca. Vivía sin familia. Despojado.