MORFEO EDITORIAL
TOLEDO
FRAGMENTO
INICIAL
Complacida y esperada madrugada la de
hoy. Estoy sentado en el AVE desde las seis y diez. Me estoy refiriendo al tren
de alta velocidad, que cojo por primera vez. Voy directo a Madrid, sin
paradas en las estaciones. Y en Madrid, me espera un transbordo hacia Toledo, la
imperial Toledo. Se ve por aquí, en el coche 6 del AVE, muchos hombres
trajeados, con el Excel conectado en sus portátiles. El vagón reluce, parece
recién comprado. Ni una viruta de polvo, ni la sospecha de un leve y tímido
manchurrón. Todo como recién salido de fábrica, ataviado de limpieza y
automatismo. Se anuncia que el lavabo dispone de ducha. Así que se produce una
excepción sobre el esquema de los lavabos de los trenes españoles, cuyos
retretes, emponzoñados de mierda, rebosan meados esparcidos por el suelo. Lo que
son las cosas: ducha en un lavabo de tren. El vagón esplende. Parece un hotel
cinco estrellas. Hay dos filas de asientos dobles, espaciosos, cómodos, que
alternan la visión de la ventanilla con la gris lasitud de un tabique cerrado
sin compasión. Si te tocan los asientos del tabique, no ves un churro del
exterior. A mí me ha tocado ventanilla. Supongo que será porque compré el
billete hace un mes. Hay un señor gordísimo que va de camiseta. Tiene por
costumbre sacar media lengua y quedarse embobado, como mirando las cosas por
primera vez en su vida. Aunque parece lelo, no lo es. Su ordenador hierve de
comercio. Y deja mandados de facturación
Soldado
toledano
a través
de su teléfono móvil, tanto en catalán como en castellano. El tren va a la
carrera, muy suave. Parece que no se nota su embalado trajín. La seducción de la
suavidad. Y El Llobregat, al costado. Y poco después, por Tarragona, consigo
ver, como en un flas, la torre de mi madre y la larga calle de chalés adosados
de la esquina. Estamos yendo casi a 300 km/h. He rebasado la torre de mi madre a
los veinticinco minutos de partir. Continúa la marcha embalada. Reconozco, a lo
lejos, la Seu Vella, de Lérida, con su larga torre en cuya cumbre cierto día
clavé mis pies. Sigue la carrera embalada. Campo. Los pinares catalanes, y el
paisaje llano y devastado que ha dejado la siega en Aragón y en
Castilla.