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MORFEO EDITORIAL
COMO LAS VÍBORAS
FRAGMENTO INICIAL DE LA NOVELA
Judith y Holofernes (1611-12). Artemisia Gentileschi.
         La penumbra de la catedral hechizó el alma del joven forastero. La penumbra de la catedral, densa y fría, atravesó la ropa de abrigo del forastero, las impetuosas reflexiones del forastero. Los cimientos de la catedral cristalizaban penumbra desde finales del siglo XII. La penumbra mordía como los animales, arremetía con mucha violencia.
         Tras unos primeros pasos titubeantes, el forastero levantó la vista. Sus ojos se tiñeron de nieve ante la resplandeciente caliza del trascoro, ante sus innumerables esculturas eternamente pálidas. El forastero tragó saliva. Las imágenes de amor, que se destacaban en la escena central, representaban la adoración de los Magos. De allí surgieron los fuegos que derritieron la nieve de sus ojos. Unas lágrimas empezaron a cincelar sobre sus mejillas un venenoso camino hacia las baldosas. El forastero volvió a tragar saliva.
         -Qué hago aquí -musitó-. A ver, cómo he llegado hasta aquí. Estaba muy bien en mi habitación.
         El forastero, impúdica y estruendosamente, escupió en el suelo. A continuación sus lágrimas decidieron desbordarse como múltiples chispas furiosas. El forastero inició unos cuantos susurros.
         -Bonita escena familiar. Esa Virgen, esa madre con su niño Jesús… Mi madre nunca me quiso en sus brazos. Nunca. La zorra se escaqueó de mí. Se fue. La puta se fue. Seguro que me dijo: “Por mí, como si te quieres pudrir con tu padre”. Y yo, recién nacido, sin unos brazos amables.
         Hacía pocos minutos que el forastero, en la habitación de su hotel, había terminado de beberse media botella de whisky. No pudo sospechar que poco después sus facciones se convertirían en remolino de río, en esas espirales de agua que tanto admiró durante su corta infancia, que tantas fantasías le proporcionaron cuando vivía a orillas del río Adaja, por los arrabales de Ávila, no demasiado lejos de allí.
         El joven forastero se cubrió el rostro con una mano. Las yemas de sus dedos se mojaban en tibios lamentos salados. Sus lágrimas parecían torrentes repletos de cólera. El joven emitía descompasados sonidos guturales, extraños, agudos. Su llanto se emparentaba con el quejido de cualquier perrillo agonizante. Era un llanto atroz, guarnecido por un agrio sentimiento de abandono, por una granítica soledad. El joven desvió la mirada hacia la derecha y prolongó un inmenso sollozo con la intención de que sonase como un insulto.
         -¡Diosssss!
         En el trascoro, una escena paralela a la del niño adorado por los Magos plasmaba una matanza abiertamente, sin reticencias, como si sus relieves rindieran pleitesía a la más absoluta y descarnada realidad de una época. Al joven forastero le levantó el ánimo, de forma particular, la figura de un soldado que hundía la punta de su espada en las cervicales de un niño de pecho, un niño que yacía sobre los dolientes brazos de una mujer. Al joven observador se le escaparon unas palabras sin apenas voz, unas palabras que arrastraron cierto consuelo y que, en gran medida, le justificaron.
         -¿Ves? Siempre ha existido lo que yo hago.
         Al joven observador se le cerraban, poco a poco, los helados portones del llanto. Recobraba la calma bajo el aliento de la matanza esculpida. Le acometieron unos irresistibles deseos de apuñalar a cualquier bebé, algo que su madre no se atrevió a hacer con él. Miró en derredor con la finalidad de descubrir a alguno, quizá en el interior de un placentero carrito o entre los brazos de sus protectores. Instantáneamente cortó el aire la hoja de una navaja automática. Los ecos de la catedral, que fue también fortaleza hasta el siglo XVI, conocían muy bien la expresión de los aceros cortantes, de los golpes homicidas, de la muerte ensangrentada. Los demonios de la penumbra reptaban como culebras.
         El joven forastero dio una vuelta sobre sí mismo. Buscaba a la criatura en quien saciar sus arrebatos. No la encontró. Sólo lo acompañaban el trascoro, la penumbra y una música de fondo, muy sutil, de cantos gregorianos en los que antes no había reparado, unos cánticos que fluían de unos altavoces mínimos, numerosos, escabullidos. Al joven se le extraviaba la noción del tiempo frente a la escena de la matanza. Se le ocurrió que él mismo podría haber sido uno de esos soldados, cumpliendo órdenes tal vez de un tal Herodes. Nadie entraba en la catedral. Nadie salía de ella. Se hallaba completamente solo, erguido, inmóvil, con los ojos empañados, con las mejillas de escarcha, con una mano en el bolsillo de su largo abrigo, con la otra mano empuñando la navaja inmutable, siempre orientada hacia el suelo desde un brazo rígido. Sin saber por qué, elevó la vista. A unos seis metros de altura, y sobre la base de un tendón de piedra que unía los dos tabiques de la nave central, descubrió una escultura de Cristo crucificado. Las lágrimas surgieron de nuevo, como de unas grietas renegadas. Seguía pensando en asesinar a un niño en sus primeros meses de vida. Creyó escuchar unas palabras desconcertantes, provenientes de las alturas.
         -Mátame a mí primero.
         El forastero volvió a alzar la vista. Por primera vez se enjugó las lágrimas. Examinó la escultura del crucificado, un hombre de espesa barba, prácticamente desnudo, con una especie de aro en la cabeza, desdibujado, chocante. Inmediatamente comprendió que su imaginación deseaba juguetear con él, y se rindió a ella. Pensó: “¡Fuera clavos!”. Cayeron cerca de sus pies tres clavos de gran tamaño. Después cerró un ojo y situó el dedo índice de su mano libre en línea con la punta de su nariz. Señalaba la escultura del crucificado. Pensó: “Como un imán, mi dedo te va a traer por los aires hasta ponerte delante de mí”. La escultura se separó de su cruz, guiada  por  cierto  magnetismo, siguiendo la trayectoria del dedo estirado. Hasta que se posó delante de él. La escultura tomó tintes humanos. Sus trazos parecían tan reales y frescos que daban grima. El forastero veía a un hombre al que se le destacaba una herida profunda y sangrante en el costillar derecho. Sus brazos continuaban extendidos. La palma de sus manos mostraba unas llagas en carne viva. Desde sus muñecas resbalaban continuas gotas de sangre. El forastero se percató de que a la cruz que coronaba el trascoro le faltaba su persona. Todo funcionaba como a su imaginación le apetecía.
         -Qué. ¿Me quieres pillar con esos brazos tan abiertos? ¿No te ves ridículo?
El hombre barbado no le contestó. De nada le servía su férrea mirada clara. Su gesto insobornable y estridente pasaba inadvertido.
         -¿Me vas a perdonar los pecados?
         El hombre barbado permanecía sin responder.
         -¡Quita, julandrón! --dijo el forastero--. ¡Apártate de mi vista!
         Lo empujó con la mano libre, pronunció un amago de pincharle con la navaja y le dio la espalda. Se sintió inmensamente agradecido al poder de su imaginación, sobre todo cuando le regaló la imagen de todo un dios reculando para evitar una presumible puñalada. Muy excitado, poco antes de traspasar la salida, se volvió un instante. El trascoro, la cruz de su corona, la soledad y la penumbra se hundían intactos, como por el hueco de una garganta.
Se fue ensoberbecido, pero también magullado por la costra de aquella penumbra y el lastre de unos relieves en armonía con sus recuerdos.